
Los cuentos infantiles decimonónicos, verdaderas escuelas de la
imaginación, desatan con sus historias espantosas los miedos más oscuros
y la pedagogía más eficaz. Al tiempo que inician a los niños en la
lectura, les enseñan que, aunque los monstruos no existan ni hayan
existido, pueden llegar a existir.
La
narración oral es la forma más antigua del arte. Cuando aún no se había
inventado la escritura, nuestros antepasados, mientras comían reunidos
alrededor del fuego, escuchaban a un inventor de cuentos. Si yo les
dijese a ustedes, personas contemporáneas: “Hoy, mientras venía para
aquí, encontré al sapo más grande del mundo. Creo que medía entre cuatro
y cinco metros de alto. Una bruja me atacó furiosa porque yo estaba
molestando a su sapo. A duras penas pude escapar”. Ustedes sonreirían.
Pero no nuestros antepasados. Se creían todo pues en esa época abundaba
la ignorancia y la credulidad. Eran oyentes ideales. Ya quisiera uno
tenerlos hoy. Se parecían muchísimo a los niños. El mundo era muy duro
en aquella época y esa circunstancia hacía que la gente estuviese más
que dispuesta a creer en toda clase de maravillas adversas. Pero si los
monstruos estaban ahí afuera y te podían comer en un segundo.
Ahí en Camilo Aldao, mi pueblo, yo fui un niño soviético, sometido a la
dictadura paterna. Mi única salida era la imaginación. Me escapaba todas
las noches para ir a lo de unas viejitas vecinas que contaban historias
espantosas. Según ellas no eran invenciones: “Esto es todo verídico”,
decían. La luz mala, el Chupador de Sangre, el Cangrejo de Catorce
Patas. “Al Dr. Fulano lo enterraron vivo. Se supo porque cuando lo
desenterraron para reducción vieron que estaba todo arañado y dado
vuelta”. Papá me había prohibido terminantemente estas salidas, porque
decía que después yo no podía dormir. Tenía razón. Pero este era el
precio que había que pagar. Podemos considerar al susto como el
indispensable tratamiento de shock que te ayuda para que empieces a
imaginar. En el siglo XIX todas las historias para niños eran
espantosas: a los pibes les serruchaban las piernas para que fuesen
juiciosos y estudiaran el piano, o los metían en grandes hornos para
asarlos como si fueren lechónidos. Pinocho mismo, de Carlo
Collodi, es un libro violento. El muñeco mata de un mazazo al grillo
parlante (lloré como una Magdalena) y él no se salva de que lo quieran
transformar en burro para venderlo. Las ilustraciones de este libro me
hacían morir de miedo. La persecución nocturna de Pinocho (todo en
blanco y negro), por parte de los dos ladrones (en realidad el Zorro y
el Gato, disfrazados con bolsas de arpillera) no tenía para mí nada
gracioso: unos bultos enormes y oscuros, de ojos brillantes, que
perseguían al muñeco con intenciones de ahorcarle de la rama de una
encina.
Yo estoy a favor de estos cuentos decimonónicos pues su objetivo era
enseñarles a los niños que los monstruos son una realidad, de modo que
pueden defenderse en el futuro cuando sean grandes. ¿No existen acaso
los violadores, los asesinos seriales y otra gente encantadora?
Papá también me había prohibido leer a Edgar Allan Poe, de modo que lo
frecuenté a escondidas. Los primeros cuentos que conocí de este autor
fueron “El caso del señor Valdemar”, “El barril de amontillado” y “El
gato negro”. Confieso que no me asustaron, pero en este último
la crueldad del personaje para con sus mascotas y particularmente para
con el gato me hizo llorar. ¿Cómo podía ser tan cruel al pedo?
Pero mi horror más espantoso era el Monstruo que Vivía Debajo de la
Cama. No podía imaginarle forma alguna. No tenía dientes afilados, ni
babas ni tentáculos. Era in abstractum. Para colmo la casa de
Camilo era de planta baja y primer piso y yo dormía arriba. Para acceder
a la parte superior era preciso ascender por una escalera de piedra en
hélice, la mayor parte de ella envuelta en las más espesas tinieblas
pues mi viejo no había hecho poner allí ni una luz. Cuando me mandaban a
dormir yo subía hasta el borde que separaba la luz de las sombras. Allí
juntaba coraje para enfrentar el espanto que seguía: subir a la
disparada hasta el hall superior y encender la luz. Pero los terrores no
habían hecho sino empezar. Luego venía la parte de llegar a mi cuarto,
pasar mi manito por detrás del ropero y prender el foco. Cualquiera con
dos dedos de frente sabe que detrás del ropero en sombras acecha el
HORRIBLE-BASTATOSO (espan). ¿Ya nos salvamos? No. En absoluto. Ahora hay
que prender el velador y retroceder para apagar la luz del hall y la
general del cuarto, introduciendo la manito nuevamente detrás del
ropero. Ya acostado leía todo lo que podía. Me estaba muriendo de sueño
pero no me animaba a apagar la luz del velador, porque bien sabía yo que
en esos segundos en que demorase en meter mi bracito adentro de las
mantas el Monstruo que Vivía Debajo de la Cama te ¡Aaaarfff! A que te
pome. A que te toca. A que te mata pa’ siempre. Toda mi infancia fue
así. Tardé décadas en comprender que el Monstruo que Vivía Debajo de la
Cama era mi propio padre. Por eso permanecía in abstractum: no
me atrevía a darle forma porque eso hubiera equivalido a reconocer que
mi enemigo era mi viejo. Plato demasiado fuerte para un niño.
De todas maneras a mi anciano viejecillo tengo que agradecerle por lo
menos dos cosas: que me haya iniciado en la lectura es una. Por él
conocí mi primera versión de El fantasma de la Ópera de Gastón
Leroux, y también el gusto por la música. En casa se escuchaba mucha
música clásica. Confieso que al principio no la entendía. Para mí era
impenetrable. Se lo dije a papá y éste me contestó: “Y bueno, Alberto,
serás un idiota musical”. Cosa curiosa esta frase terrible me hizo bien.
Claro está que yo no quería ser idiota en nada. Y una tarde (era casi
de noche) en que mi padre estaba escuchando un vigoroso pasaje de
Rachmaninoff comprendí. Empecé a seguir la música y me puse tan violento
como ella. Empecé a chocar sillas y sillones, a rebotar contra las
paredes, etcétera. Estaba eufórico. ¡No era un idiota musical! No
necesito decir que mi padre lo tomó como un ataque de locura y me cagó a
pedos. Pero el bien ya estaba hecho.
Tal vez a alguien le extrañe que, amando el terror como lo amo, casi no
tenga obras por el estilo. Es que yo soy demasiado delirante y
escandaloso. Me lleno de buenos propósitos pero después va y me sale
otra cosa. El único cuento de espanto que escribí es “Perdón por ser
médico”, de mi libro En sueños he llorado. Otro, de la misma
obra, es “El cuarto tapiado”. Este último es de terror sólo en parte.
Cuentos para niños y de terror tienen lineamientos muy precisos.
Cualquier desviación y el miedo (o si no el acercamiento a la infancia)
se destruye. Supongamos que yo me propongo ser muy remalísimo (como
decía mi hija cuando era chica). Naturalmente voy a escribir El castillo de las secuestraditas.
Ya estoy puesto en el papel de ogro poseedor de húmedas ergástulas.
Secuestro, en efecto, a esas pobres chicas. Pero termino atándolas
desnudas a camitas confortables, donde las acaricio con plumitas en
axilas y pezones. Esto no asusta a nadie, ni siquiera a las supuestas
víctimas. El terror se ha transformado en una pincelada sadomasoporno.
Miren en qué termino siempre. Tengo otra cabeza, eso es evidente. En
algún lugar una pena, porque para mí el terror no es solamente pasatismo
o entretenimiento. Es escuela de imaginación y, por otra parte, desata
los miedos más oscuros que tenemos dentro. Todos esos monstruos, si no
existen o han existido pueden llegar a existir. Basta echar un
vistazo a la sociedad actual. Y atención: creo que lo peor aún no
ocurrió. Y lo digo después de los nazis y del stalinismo. Siempre hay
gente encantadora esperando por su parte. Es más fácil que ocurra lo
malo que lo bueno, y de esto da cuenta el género de terror. Nos gusta
verlo escrito en la esperanza de que no suceda.
Hay un genio entre nosotros que, sin embargo, nunca va a ganar el premio
Nobel. Stephen King. Se lo considera un escritor menor. Los escritores
profesionales lo miran por arriba del hombro. Hace muchos años (aún no
lo conocíamos a King) yo intenté defender a Henry Rider Haggard (Ella, Ayesha, Las minas del rey Salomón).
Los “profesionales” me taparon la boca con un “eso no se lee”. Así.
Pese a que Oscar Wilde, en uno de sus ensayos, dijo que Haggard era un
genio. Algo parecido ocurre ahora con Stephen King. Antes de leer El resplandor
yo pensaba que el trillado tema de las casas encantadas estaba agotado.
Entonces vino King, con su novela, y me probó que me equivocaba. Ese
hotel espectral, lleno de fantasmas, es una maravilla originalísima. Las
fuerzas maléficas van penetrando al personaje principal hasta
transformarlo en uno de ellos. A King no le gustó la adaptación
cinematográfica de Kubrick. No sé bien por qué. Yo amo ambas obras y las
considero complementarias.
En La danza de la muerte, del mismo autor, hay una escena
memorable. Debido a una peste ha muerto la mayor parte de la humanidad.
Un loco, potenciado por el demonio, entra a una base nuclear
norteamericana. Está intacta pero vacía, puesto que todos sus soldados
han muerto. El demente es un bruto, pero el diablo le da toda la
información necesaria para que tenga acceso a los silos duros y robe una
bomba de hidrógeno. El chiflado la sube a la superficie con un
montacargas. Hace mucho frío y el tipo toca la helada superficie de la
bomba. Las radiaciones lo están quemando pero a él le parece tocar
hielo. En realidad yo hago una síntesis precaria de algo que King
describe minuciosa y genialmente. Ahora bien, yo desafiaría a los
“profesionales”, tan despreciativos ellos, a que demuestren ser capaces
de escribir una sola página como ésta.
Stephen King ha sido un soplo fresco para la literatura. Qué casualidad:
lo hizo con el terror, el género más difícil (juntamente con la
literatura para chicos).
Durante tres años yo conté cuentos de terror para el canal I-Sat. Mis
cortos iban luego del horario de protección al menor. Hay muchos cuentos
que al miedo unen el erotismo. Hubiese podido contarlos, pero me negué
terminantemente. Yo sabía que muchos niños me veían después de hora,
autorizados por sus padres. He tenido admiradores muy, muy chicos. Si
llego a contar algo así como El ataque de las zombis desnudas
(no existe: al título lo acabo de inventar) los papis no hubiesen
permitido que sus hijos siguieran viendo mi programa. Y yo tenía
particular interés en los niños. Ellos son nuestro futuro. Con el avance
de la internet cada vez es menor la cantidad de chicos que leen. Yo
tenía la esperanza de que, a través de este género tan atractivo para
ellos, terminaran interesándose en la lectura. Si les gustó un cuento de
Edgar Allan Poe, contado por mí, es probable que terminen por leer un
libro con narraciones de Poe.
Hoy los escritores de cuentos para niños tratan de ser “amables”: nada
de chicos abandonados en el bosque porque los mayores no tienen para
alimentarlos; nada de padres ogros que obligan a sus hijas a calzar
zuecos de hierro para “disciplinarlas”; nada de Hombre de la Bolsa que
se lleva a los chicos para que sus nenas les coman los ojitos. Nada de
nada. Pues esto me parece una tontería y un error. ¡Pero si lo que los
niños quieren es asustarse! Lo que los niños quieren, en el fondo, es
crecer. Tenían razón los autores del siglo XIX. Convendría repensar todo
esto.
—
El autor nació en Rosario en 1941. Es escritor, publicó entre otros libros las novelas Su turno para morir (1976), La hija de Kheops (1989), El jardín de las máquinas parlantes (1993), Los Sorias (1998), Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003) y Manual sadomasoporno (2007); los Poemas chinos (1987); y el ensayo Por favor ¡plágienme! (1991). En 2002 realizó para el canal de cable I-Sat el ciclo Cuentos de Terror, una selección de estos relatos fue publicada en libro y en video en 2004. Periódicamente, se presenta como narrador oral con Los cuentos del Conde Láisek.