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21 jul 2012

CUENTO KAWESQAR


 CUENTO DEL RATÓN

01. El ratón corría a lo alto del cerro a mirar, se
contaba,
02. y subía a T'erjokomáskar, no sé qué más.
03. Y corría a Sæltǽlkar.
04. Iba caminando a mirar y bajaba corriendo, se
contaba, y ahí está (i.e. el cerro), y corría al cerro
T'erjokomáskar, se contaba.
05. Y botaba palos al mar y cruzaba corriendo, se
contaba,
06. el ratón, según se contaba, yo lo cuento, lo cuento
porque me están preguntando,
07. y miraba este que... a las canoas que avistaba,
se contaba.
08. Después se iba caminando este que... de su
casa y echaba a cocer erizos y se iba corriendo, se
contaba, y dejaba envuelta una cabeza de lobo fino,
se contaba.
09. Los Sǽlam lo venían a buscar para matarlo a garrotazos,
se contaba, eso creo.
10. No me acuerdo bien del cuento.
11. Este cuento se contaba antes y ahora lo cuento yo.
12. Escondía flechas en otro lugar, las escondía por el
camino, en él este que... las dejaba ocultas, se contaba,
así.
13. Después llegaba corriendo cuando veía que se
acercaba una canoa, llegaba corriendo y esperaba que
desembarcaran.
14. Ahí estaban sus flechas y se ocultaba cerca de ellas,
se cuenta.
15. Los Sælam, se cuenta, llegaban remando a cogerlo
por sorpresa, según el cuento.
16. Y la cabeza de lobo fina envuelta la ensartaban con
un tiro de lanza, "tarǽt" sonaba la lanza. ¡Buen tiro!
17. "¿¡Es éste el hombre de tantas hazañas!?", decían.
Primero ensartó al timonel.
18. Y corrió a la canoa, corría sobre la borda, por la
chumacera, por los remos y por allí donde se achica.
19. Se les subió al pecho corriendo, pasaba por la cabeza
y por las piernas en la proa.
20. En ese entonces enarbolaban sus garrotes para
matarlo y él se subía a la punta del garrote, y finalmente
salió a tierra corriendo, se cuenta.
21. Y mató a los que había.
22. Lanzó flechas a los que habían llegado remando.
23. Cuando contaban este cuento me gustaba escucharlo,
ahora yo lo cuento.
24. Me mostraban su pozo que estaba en una islita y al
entrar, ahí cuando se llegaba me mostraban.
25. Y se dice que ahí vivía [el ratón].
26. Decían que ahí lloraba y su este que... mamá, se
cuenta, este que... mostró su seno y le hacía señas, se
contaba.
27. Por último mataron a todos, así.
28. Se contaba.
29. Se cuenta que arrojaron al agua a la que iba a ser
su esposa, se contaba, así.
30. Nadando en el mar una flecha le atravesó la ropa [a
la mujer] y llegó nadando al otro lado, se cuenta.
31. Unos y otros fracasaron al tratar de matar al ratón,
salía airoso, se cuenta.
32. Ni siquiera amanecía, temprano en la mañana él
corría a lo alto del cerro a mirar, al cerro Sæltal, a su
este que... puesto de observación, se cuenta, y ahí está;
he aquí que ahí arriba está.
33. Echaba a cocer erizos y las lenguas ni siquiera
estaban cocidas cuando bajaba corriendo.
34. Y este que... el ratón entraba en la choza y hablaba
consigo mismo.
35. "¡Aaau! ¿Por qué no se cocieron [los erizos] que aún
están crudos", mira, así [decía].




El kawésqar, qawasqar, alacalufe o alacaluf es un idioma o un conjunto de lenguas relacionadas, hablado por los kawésqar o alacalufes, un pueblo indígena del sur de Chile. Se trata de una lengua cercana a la extinción, hablada sólo por algunas decenas de personas. 

Recopilación bilingüe de cuentos kawesqar (PDF)

8 jul 2012

EL GATO VIAJERO de Gianni Rodari



Una vez subió un gato al tren que va de Roma a Bolonia. Gatos en el tren siempre se han visto, generalmente dentro de un cestito, o en una caja con algún agujero para respirar. En el tren se han visto hasta gatos vagabundos, gatos de nadie que han caído en un vagón abandonado a la caza de topos. Pero éste de quien hablamos era un gato viajero y viajaba por su cuenta.
Llevaba una cartera negra bajo el brazo, como un abogado, pero no era un abogado, era un gato. Usaba gafas como un contable miope, pero no era un contable y veía estupendamente. Llevaba el abrigo y el sombrero como un galán, pero no era un galán, era un gato.
Entró en un compartimento de primera clase, echó el ojo a un sitio libre junto a una ventanilla y se sentó. En el compartimento ya había tres personas: una señora que iba a Arezzo a ver a una hermana, un comendador que iba a Bolonia por negocios y un jovencito que iba no se sabe dónde. La entrada del gato suscitó algunos comentarios:
La señora dijo:
—Qué gato tan mono, bsss, bsss, bsss... Viajas solo, como un hombrecito ¿eh?
El comendador dijo:
—Esperemos que no tenga pulgas.
—¿Pero no ve cómo está de limpio?
—Esperemos que... bueno, querida señora, yo soy alérgico a los gatos. Esperemos que no me pegue el catarro.
—Pero si no tiene catarro, ¿ cómo se lo va a pegar?
—A mi me lo pegan todos, apreciada señora, me lo pegan hasta los que no lo tienen.
—Bsss bsss, bsss... Te has adelantado para guardarle el sitio a tu dueña ¿eh?
—¡Miao!
—Qué vocecita tan bonita. ¿Qué habrá dicho?
El jovencito habló por primera vez:
—Ha dicho que no tiene dueños, es un gato libre y soberano.
Graphics
—¡Qué interesante!
—O sea, un gato vagabundo —observó suspicaz el comendador—, esperemos que no me contagie el sarampión.
—¿El sarampión? —exclamó la señora—. Pero si los gatos no tienen sarampión y además es una enfermedad que se pasa de niño.
—Querida señora, yo no lo he pasado de niño. ¿Sabe que es más peligroso si se tiene de mayor?
El tren se puso en marcha y al cabo de un rato pasó el revisor.
—Billetes, señores.
La señora abrió el bolso:
—Uy, el billete, a saber dónde lo habré metido... Espere, espere, tiene que estar aquí... Ah, sí, menos mal.
—Gracias, señora. ¿Y el billete del gato?
—Pero si el gato no es mío.
—¿Es suyo, señor?
—Sólo faltaría eso —estalló el comendador—. No puedo aguantar a los gatos. Me hacen subir la tensión.
El gato tampoco es mío —dijo el joven— Es un gato que viaja por su cuenta.
—Pero tiene que llevar billete.
—No le despierte, que duerme... Es tan gracioso, mire que morrito.
—Morrito o no, tengo que picarle el billete.
—Bss, bss, bss —hacía la señora—, minino, minino..., ea, vamos, mira quién está...
El gato abrió un ojo detrás de otro y maulló:
—Miao miao.
—¡Y encima protesta! —criticó el comendador—. Es como, para volverse loco. Por que no viaja en coche cama, digo yo...
—No ha protestado —explicó aquel joven—. Ha dicho: ruego que me perdone, me había amodorrado...
—Amodorrado ¿eh?
—Sí, parece que le gustan las palabras selectas.
—Miao miao —hizo de nuevo el gato.
—¿Qué ha dicho ahora? —preguntó la señora.
—Ha dicho: por favor, aquí está mi billete —tradujo el joven.
—Oiga, compruébelo bien —dijo el comendador al ferroviario—, hay gente que viaja en primera con billete de segunda.
—El billete es correcto, señor.
—Miao, miao, miao —maulló el gato enérgicamente.
—Dice —explicó el joven— que debería ofenderse ante sus insinuaciones, pero le respeta en atención a sus canas.
—¿Canas? ¡Pero si soy calvo!
—Miao, miao.
—Dice que ya ha visto que es calvo, pero que si tuviera pelo sería blanco.
La señora suspiró:
—Qué bien entiende usted la lengua de los gatos. ¿Cómo se las arregla?
—Es fácil, basta con prestar mucha atención.
—¿Miao? ¿Miao?
—Pero cuánto habla ese gato —gruñó el comendador—. No se calla ni un momento.
—¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho? —preguntó la señora al joven.
—Ha preguntado si le molesta el humo.
—Qué va, minino, nada de eso... Uy, mire, me ofrece un cigarrillo... ¡Qué bien enciende! ¡Parece de verdad! Quiero decir, parece un auténtico fumador.
—Si fuma es un fumador ¿no? —refunfuñó el comendador—. ¿Qué quería que fuese, un cazador de leones?
—Miao miao. Ha dicho: hermoso día. Ayer no fue tan bonito. Esperemos que mañana sea tan bonito como hoy. ¿Van lejos sus señorías? Yo voy a Venecia por asuntos de familia.

PRIMER FINAL
 
Se descubre que «aquel joven» es un ventrílocuo, prestidigitador e ilusionista: todo lo hahecho él.
 
SEGUNDO FINAL
 
Se descubre que el gato no es un verdadero gato, es un gato-robot: un juguete de lujo quese pondrá a la venta las próximas navidades.
 
TERCER  FINAL
 
Aún no existe. Pero sería bonito que algún día se pudiera hablar realmente con los animales. Si no con todos,  por los menos con los gatos.


EL  FINAL  DEL  AUTOR


También aquí me gusta más el final que aún no existe. Siempre estoy a favor del futuro.


17 may 2012

LO QUE SÉ por Maurice Sendak


Yo no escribo para chicos. Yo escribo. Y alguien más dice: “Esto es para chicos”.

Nunca me propuse hacer felices a los niños. O mejorarles la vida, o hacérselas más fácil. No me gustan mucho, así como no me gustan mucho los adultos. Bueno, para ser sincero debería decir que me gustan un poco más los chicos que los adultos, porque los adultos no me gustan para nada.

Firmar ejemplares es horrible, estúpido, no significa nada. Y a mí ni siquiera me sirve para seducir a las madres bonitas de los niños lectores, porque soy gay.

El estado de la literatura infantil actual es abismal. Catastrófico. Una de las razones para que así sea es que hay demasiados libros para chicos.

Somos animales, violentos, criminales. No somos tan diferentes de los simios, esas hermosas criaturas. Y se supone que debemos ser civilizados, ir a trabajar todos los días, ser amables con nuestros amigos, enviar tarjetas de Navidad, todas esas cosas que nos perturban profundamente porque están en contra de lo que haríamos naturalmente.

Elegí un género muy modesto, la literatura infantil, y me escondí en este género para poder expresarme plenamente en él. Lo elegí por timidez y estiré sus límites todo lo posible.

No escribí Donde viven los monstruos por dinero. En los años 1950, los libros para chicos eran el último peldaño del mundo literario. No creo que Madonna hubiese escrito un libro para chicos en los 1950.

Nací en 1928. Y lo que más recuerdo de mi infancia es el secuestro del bebé Lindbergh. Cuando sucedió yo tenía tres años y medio y me acuerdo de todo. Recuerdo la voz de su madre en la radio, pidiéndoles a los secuestradores que usaran Vick para el catarro del bebé. Yo tenía miedo de que me secuestraran y tenía miedo de morir. Era un chico enfermizo y mis padres no eran discretos emocionalmente: siempre creían que iba a morirme y lloraban cuando tenía fiebre. Supe que era mortal desde muy joven. Con el bebé Lindbergh hice un asociación muy rara. Pensé que este bebé no podía morir porque era rubio y rico, vivía en una mansión, su madre era la princesa del universo y su padre un capitán. No podía soportar que ese chico muriera. Mi propia vida dependía de que él fuera rescatado, porque si ese chico se moría, yo no tenía ninguna oportunidad: yo era pobre, feo, hijo de inmigrantes. Y cuando el bebé fue hallado muerto, algo fundamental murió dentro de mí. O, quizás, algo nació: mis historias, estas sombras que están en la vida de los chicos que no son felices ni tienen con quién hablar.

Los chicos tienen que saber que hay cosas malas. También tienen que saber que hay gente a su alrededor que los ama y los va a proteger, pero que no pueden detener las cosas malas.

Los chicos son valientes porque son inocentes. Tienen la enorme inocencia de no saber que el mundo puede ser un lugar tan malvado.

No nos podemos deshacer del mal. No podemos, lo siento internamente. Y hay tanta estupidez en el mundo que no queda coraje. Estoy perdiendo la esperanza. Y no quiero que eso me pase. Vivo cada día. Estoy bastante bien. Trabajo. Duermo. Canto. Camino. Pero estoy perdiendo la esperanza.

Estoy obsesionado con la muerte. Me parece una aventura. Peter Pan lo dijo. Curioso que lo cite, porque no me gusta J. M. Barrie. Detesto cómo ha sentimentalizado a los chicos, cómo los ha hecho bonitos y encantadores. Pero si uno mira el corazón de Peter Pan, es un chico obsesionado con la muerte, con miedo de vivir. Si uno le saca las estupideces de Hook y la musiquita, es una historia muy extraña.

Cuando iba a preescolar y tenía seis años, estaba jugando con mi amigo Lloyd en un callejón entre edificios de departamentos en Brooklyn. Eran los lugares más seguros para jugar. Jugábamos a la pelota. En un momento la tiré muy alto y él trató de alcanzarla pero no pudo y la pelota se fue a la calle. Y él hizo lo que siempre nos decían que no hiciéramos, correr del callejón a la calle: era peligroso porque los autos no podían verte salir de ahí. No me acuerdo del auto, pero me acuerdo de Lloyd volando. Cuando cayó, ya estaba muerto. Murió en el instante en que fue atropellado. Y, desde entonces, noto que en mis historias muchos de los personajes niños vuelan.

No sé cómo controlar mis demonios. Cuando me pongo muy ansioso leo a Mellvile, William Blake y Emily Dickinson. Cuando los leo, siento que la vida tiene un propósito. Lo mismo me sucede cuando escucho a Mozart. Es en lo único en que creo, en lo que tengo fe: en el arte. Mellvile es, para mí, un dios.

Siempre me sorprendió mi éxito y no soy un cínico. Dejar un legado es reconfortante. Pero no entiendo cuando la gente me dice “Cómo podés estar deprimido, Maurice, si tus libros van a vivir para siempre”. Bueno, pero yo no voy a vivir para siempre. A quién le importa la vida de los libros. Lo que me importa es mi vida, desde este momento hasta el de mi muerte. Si voy a poder trabajar y ser independiente.

Ser joven fue horrible. Una pérdida de tiempo. Fui muy infeliz. Cuando la gente me pregunta a qué edad querría volver, les digo sinceramente que a los 68 o 69.

La mayoría de mis libros están relacionados con el Holocausto. No de una manera obvia, pero el tema está siempre ahí. Toda mi vida es el Holocausto. Mis padres vinieron de Europa por casualidad, a buscar trabajo, mucho antes de que existiera el nazismo; conocían, claro, el antisemitismo, pero estaban acostumbrados. Es un milagro que yo haya nacido en Estados Unidos y que sobreviviera.

La niñez es una etapa. En Donde viven los monstruos o El Mago de Oz se habla de eso: de no ser un chico para siempre y de reconocer que la infancia es un momento de la vida. Un libro infantil no debe tratar de convencer a los chicos de que son chicos. Hay cosas que no saben y el punto es compartir lo que uno sí sabe con ellos, como adulto.

La gente me pregunta por qué no hago Donde viven los monstruos. Parte 2. Los mando a la mierda. Qué idea terrible. Yo no soy una puta.

Me criaron para que sintiera culpa. Cuando no quería cenar porque mi madre era una cocinera horrible, ella me gritaba: “¡Piensa en tu primo que no puede comer porque murió en un campo de concentración y antes, además, lo habían casi matado de hambre!”. Yo odiaba a todos esos niños muertos en el Holocausto.

Si hubiera tenido un hogar feliz, no hubiese sido un artista. Mis padres vivieron vidas desesperadas; mi hermano y yo fuimos crueles con ellos. Especialmente con mi madre. Pero no entendíamos. Éramos chicos. No sabíamos que ella estaba loca.

Mi pareja, Eugene, y yo nunca pensamos en adoptar. Yo soy demasiado disfuncional. Siempre supe que le arruinaría la cabeza a una criatura.

Estoy totalmente loco, lo sé. No lo digo para hacerme el interesante: sé que por eso mi trabajo es bueno, porque viene de un lugar de locura. Jamás pequé de falsa modestia.

Fuente

6 may 2012

VI UN PAVO REAL CON LA COLA EN LLAMAS, Anónimo



Ilustración de Ana Juan


Vi un pavo real con la cola en llamas
vi un cometa ardiendo que echaba ramas
vi una nube envuelta en hiedra
vi un roble que reptaba sobre la tierra
vi una hormiga tragarse una ballena
vi el mar rebosante de cerveza
vi una hermosa copa de tres metros de altura
vi un pozo lleno de lágrimas de tristura
vi los ojos rojos de un fuego rugiente
vi una casa más grande que el sol poniente
vi la luna salir a mediodía
vi al hombre que vio toda esta maravilla.


Anónimo



Extraído de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades de Harold Bloom

27 mar 2012

CUANDO EL DIABLO PERDIÓ EL PONCHO de Luis Neira



Entre estrellas y bichitos de luz, que le daban cierto misterio a la noche veraniega, la
conversación de don Domingo Pereira languidecía en una historia de poco interés.
El moreno viejo miró hacia la espesura del monte como si de pronto hubiese percibido
algo extraño, dejando en suspenso el relato.
Nosotros miramos también hacia el lugar, pero ya sabíamos que eso era sólo un recurso
para recuperar nuestro interés en la conversación.
Después del quiebre, siguió contando, buscando el hilo que rescatara nuestro interés.
- Esto me hace acordar –dijo- a una vez que yo andaba tropeando por allá, por donde
el diablo perdió el poncho...
- ¿Qué el diablo perdió el poncho..? –pregunté picado por la curiosidad, pero más que
nada por darle pie a que contara una nueva historia.
- Sí, ¿no sabías que una vez perdió el poncho, lejísimo de acá? –dijo el moreno viejo-
Y nunca oíste decir, cuando algo está lejos, que es “por donde el diablo perdió el
poncho”.
- ¿Y cómo fue que lo perdió?
- Fue a causa de un moreno, tan ingenuo como mal “arriado”, que se llamaba Policarpo
- Cuente, cuente –insistimos todos.
Entonces Pereira contó así:
- Policarpo era un enloquecido por la música, especialmente por la guitarra. Boliche
donde había guitarrero, era boliche donde se pegaba hasta el amanecer. Muchas
veces quiso aprender a tocar la guitarra, pero era tan duro de oídos como de dedos,
que todos los intentos de aprendizaje habían fracasado.
En cierta ocasión le dijeron que podía aprender a tocar la guitarra en un solo día.
Para eso tenía que esperar a un viernes santo y clocarse abajo de una higuera.
La creencia dice que ese es “el día que florece la higuera” y aquel que se coloca y la
ve florecer, queda loco.
El consejo era malintencionado, pero Policarpo, en sus ganas de aprender a tocar la
guitarra, no tuvo miedo.
Policarpo esperó ansioso la llegada del viernes santo y el día señalado se colocó debajo
de la higuera y esperó.
Hacía mucho frío y, cerca de la media noche, se le apareció un emponchado. Era el
mismo diablo en persona.
- Yo te enseñaré a tocar la guitarra –le dijo el Malo.- y para el otro viernes santo
serás guitarrero. Pero la condición es que a cambio de la enseñanza, que no es cosa
fácil, tratándose de un moreno duro de oído como vos, metas las manos en un
hormiguero, para lograr agilidad en los dedos, y digas tres veces:
- Por mi alma que es del Lucifer, quiero tocar la guitarra
Le dijo además que cuando eso se cumpliera lo esperara junto a la primera cruz del camino
para entregarle el alma y que ya sabría tocar la guitarra.
Hacía todo lo que el diablo le ordenaba, pero la gente se reía de él porque se daban cuanta
que aprender a tocar la guitarra en un solo día le era un imposible.
Y pasó un año y no aprendió nada, sólo consiguió un montón de ronchas y ardores por las
picaduras de las hormigas.
Y llegó el viernes santo del año siguiente y el aprendiz de guitarrero salió buscando una
cruz en el camino para encontrarse con el diablo y pedirle cuentas.
Pero como no encontró ninguna cruz en el camino, sentó sobre una cabeza de vaca y se
puso a pulsar la guitarra.
Entonces, en la fría noche se apareció el emponchado, galopando en un extraño bicho,
decidido a llevarse el alma del moreno.
Ni bien desmontó, se fue derechito a pedirle el alma, pero Policarpo que estaba enojadísimo
y no era nada manso, ni dejaba que se burlaran de él, sacó su facón y empezó a correrlo.
Al verlo tan enojado, el mandinga intentó huir, pero Policarpo lo agarró del poncho y para
desprenderse del bravo gaucho, no tuvo más remedio que dejar el poncho en manos de
Policarpo que cinchaba y cinchaba.
- Y así fue como el diablo perdió el poncho, en un lugar lejísimo –concluyo don
Domingo Pereira.
Y todos nos fuimos a dormir.





de Cuentos del folklore mágico del Uruguay




Datos biográficos del autor

16 mar 2012

LOS QUE ABANDONAN OMELAS de Ursula K. Le Guin


"Princess of Omelas" de Noa Eren



Con un repicar de campanas que echaba a volar las golondrinas, el Festival de Verano llegaba a la ciudad de Omelas, torres brillantes junto al mar. En la bahía, chispeaban banderas en las jarcias de los barcos. En las calles, entre casas de tejado rojo y paredes pintadas, entre jardines musgosos y bajo avenidas de árboles, frente a grandes parques y edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran sobrias: ancianos con largas y rígidas túnicas color malva y gris, graves maestres de cada oficio, mujeres apacibles y alegres que llevaban sus niños y caminaban parloteando. En otras calles la música era más rítmica, un trepidar de gongs y panderos, y la gente iba danzando, la procesión era una danza. Los niños correteaban de aquí para allá, y sus chillidos estridentes se elevaban sobre la música y el canto como el vuelo raudo de las golondrinas. Todas las procesiones se dirigían al lado norte de la ciudad, donde en el gran prado llamado Campos Verdes muchachos y muchachas, desnudos en el aire brillante, los pies y los tobillos enlodados, los brazos largos y ágiles, ejercitaban los caballos resoplantes antes de la carrera. Los caballos no usaban ningún arreo, salvo una brida sin bocado. Tenían las crines orladas con banderines plateados, dorados y verdes hacían aletear los ollares y coceaban y alardeaban entre sí; estaban muy excitados, pues el caballo es el único animal que ha adoptado como propias nuestras ceremonias.
Allá lejos, al norte y al oeste, las montañas se erguían casi arrinconando a Omelas contra la bahía. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve que todavía coronaba los Dieciocho Picos aún ardía con un fuego oro blanco a través de millas de aire luminoso, bajo el azul oscuro del cielo. Soplaba apenas viento suficiente para que los estandartes que marcaban la pista de carreras chasquearan y flamearan de vez en cuando.
En el silencio de los anchos prados verdes se oía la música serpeando por las calles de la ciudad, más lejos y más cerca y siempre aproximándose, una gozosa y tenue dulzura del aire que de vez en cuando tiritaba y se arracimaba y estallaba en el clamoreo inmenso y alegre de las campanas.
¡Alegre! ¿Cómo se puede nombrar la alegría? ¿Cómo describir a los ciudadanos de Omelas?
Ante todo; no eran gente simple, aunque eran felices. Pero hoy día las palabras de júbilo han caído en desuso. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Ante una descripción como ésta uno tiende a hacer ciertas presunciones. Ante una descripción como ésta uno también tiende a buscar al rey, montado en un espléndido corcel y rodeado por sus nobles caballeros;. o quizá tendido en una litera dorada llevada por esclavos musculosos. Pero no había rey. No usaban espadas, ni tenían esclavos. No eran bárbaros. No conozco las normas ni las leyes de esa sociedad, pero sospecho que eran singularmente escasas. Así como se arreglaban sin monarquía ni esclavitud, también podían prescindir de la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta, y la bomba. Sin embargo debo repetir que no eran gente simple, ni bucólicos pastores, ni buenos salvajes, ni utopianos blandos. No eran menos complejos que nosotros. El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por los pedantes y los sofisticados, de considerar la felicidad como algo bastante estúpido. Sólo el dolor es intelectual, sólo el mal es interesante. Esa es la traición del artista: una negativa a admitir la trivialidad del mal y el tedio espantoso del dolor. Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Si duele, repítelo. Pero elogiar la desesperación es condenar el deleite, adherir a la violencia es perder de vista todo lo demás. Casi lo hemos perdido; ya no sabemos describir a un hombre feliz, ni celebramos la alegría. ¿Cómo puedo contaros sobre la gente de Omelas? No eran niños ingenuos y felices, aunque es cierto que sus niños eran felices, eran adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuyas vidas no eran sórdidas. ¡Oh milagro! Pero ojalá pudiera describirlo mejor. Ojalá pudiera convenceros. Omelas suena en mis palabras como una ciudad de cuentos de hadas, hace tiempo y allá lejos, érase una vez. Tal vez sería mejor si la imaginarais según vuestra propia fantasía, esperando que la ciudad esté a la altura de la ocasión, pues por cierto no puedo conformaros a todos.
Por ejemplo. ¿qué diremos de la tecnología? Pienso que no habría coches ni helicópteros en y sobre las calles; es natural, considerando que los habitantes de Omelas son gente feliz. La felicidad se basa en una discriminación justa entre lo que es necesario, lo que no es ni necesario ni destructivo, y lo que es destructivo. En la categoría intermedia, sin embargo -lo innecesario pero no destructivo, el confort, el lujo, la exuberancia, etcétera-, bien podían tener calefacción central, trenes subterráneos, máquinas de lavar, y toda suerte de artefactos maravillosos aún no inventados aquí, fuentes lumínicas flotantes, energía sin combustible, una cura para el vulgar resfrío. O podrían no tener nada de eso: lo mismo da. Como gustéis. Yo me inclino a pensar que los habitantes de los pueblos costeros de la zona han estado llegando a Omelas durante los últimos días antes del Festival en trencitos muy rápidos y tranvías de dos pisos, y que la estación ferroviaria de Omelas es en verdad el edificio más elegante de la ciudad, aunque más sencillo que el suntuoso Mercado de los Granjeros. Pero aunque haya trenes, temo que hasta ahora Omelas os parece demasiado idílica. Sonrisas, campanas, desfiles, caballos, bah. En tal caso, añádase una orgía. Si una orgía ayuda, no hay por qué titubear. No agreguemos, sin embargo, templos de donde bellos sacerdotes y sacerdotisas desnudas salen casi en éxtasis y prontos para copular con cualquier hombre o mujer, amante o desconocido, que desee unirse con la profunda naturaleza divina de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero en verdad sería mejor no tener templos en Omelas: al menos, no templos con sacerdotes. Religión sí, clero no. Por cierto, las beldades desnudas pueden vagabundear sin más, ofreciéndose cómo manjares divinos para el hambre de los necesitados y la fascinación de la carne. Que se unan a las procesiones. Que los panderos resuenen por encima de las copulaciones, y la gloria del deseo sea proclamada en los gongs, y (un detalle nada baladí) que los retoños de estos deliciosos rituales sean amados y cuidados por todos. Sé que algo no existe en Omelas, y es la culpa. ¿Pero qué más debería haber?
Al principio pensé que no había drogas, pero eso es puritanismo. Para quienes gustan de ello, la dulzura tenue y punzante del druz puede perfumar los caminos de la Ciudad, el druz que primero propicia una gran lucidez mental y agilidad corporal, y al cabo de unas horas una somnolienta languidez, y al fin maravillosas visiones de los mismos arcanos y secretos íntimos del Universo, además de estimular el placer sexual más allá de todo lo imaginable; y no crea hábito. Para los gustos más modestos creo que debería haber cerveza. ¿Qué más, qué más habrá en la ciudad de la alegría? La sensación de triunfo, desde luego, la celebración del coraje. Pero así como prescindimos del clero, prescindamos de los soldados. La alegría construida sobre una matanza victoriosa no es una alegría limpia; no conduce a nada, es temible y es frívola. Una sensación ilimitada y generosa, un triunfo magnánimo que no nace de la hostilidad contra un enemigo externo sino de la comunión entre las almas más refinadas y bellas de los hombres de todas partes y el esplendor del verano del mundo: esto es lo que inflama los corazones de la gente de Omelas, y la victoria que celebran es la victoria de la vida. En realidad no creo que muchos necesiten tomar druz.
La mayoría de las procesiones ha llegado ahora a los Campos Verdes. Un maravilloso olor a comida brota de los puestos rojos y azules de los proveedores. Los niños tienen pegotes deliciosos en la cara, de la benigna barba gris de un hombre cuelgan dos migajas de un rico pastel. Los jóvenes y las muchachas han montado a caballo y se están agrupando alrededor de la línea de largada de la pista. Una vieja, baja, gorda, risueña, está repartiendo flores de un canasto, y hombres jóvenes y altos usan las flores en la melena brillante. Un niño de nueve o diez años está sentado en el linde de la muchedumbre, solo, tocando una flauta de madera. La gente se detiene a escuchar, y sonríe, pero nadie le habla porque el niño nunca deja de tocar y nunca ve a nadie, los ojos oscuros profundamente sumidos en la magia dulce e inaprensible de la melodía. Concluye, y baja lentamente las manos que empuñan la flauta de madera. Como si ese pequeño silencio privado fuera la señal, la trompeta trina de repente en el pabellón de la línea de largada: imperiosa, melancólica, penetrante. Los caballos corcovean, y algunos responden con un relincho. Serenos, los jóvenes jinetes acarician el pescuezo de los caballos y los tranquilizan, susurrando: “Calma, calma, mi belleza, mi esperanza…” Empiezan a formar una fila en la línea de largada. Junto a la pista, las multitudes son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival del Verano ha comenzado.
¿Lo creéis? ¿Aceptáis el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Pues entonces describiré algo más.
En los cimientos de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o quizá en el sótano de una de las amplias moradas, hay un cuarto. Tiene una puerta cerrada con llave, y ninguna ventana.
Un tajo de luz polvorienta se filtra entre las hendijas de la madera, después de atravesar una ventana cubierta de telarañas en alguna parte del sótano. En un rincón del cuarto hay un par de estropajos, duros, sucios, hediondos, junto a un balde oxidado. El suelo es mugre, un poco húmeda al tacto, como suele ser la mugre de los sótanos. El cuarto tiene tres metros de largo por dos de ancho: una mera alacena o galpón en desuso. En el cuarto está sentado un niño. También podría ser una niña. Aparenta seis años, pero tiene casi diez. Es débil mental. Tal vez lo es de nacimiento, o quizá lo imbecilizaron el miedo, la desnutrición y el descuido. Se escarba la nariz y de vez en cuando se palpa los pies o los genitales, mientras está acurrucado en el rincón más alejado del balde y los estropajos. Tiene miedo de los estropajos. Le parecen horribles. Cierra los ojos, pero sabe que los estropajos están todavía allí; y la puerta tiene llave; y no vendrá nadie. La puerta siempre tiene llave; y nunca viene nadie, excepto que a veces el niño no comprende el tiempo ni los intervalos de tiempo, a veces, la puerta cruje horriblemente y se abre, y entra una persona, o varias personas. Una de ellas quizá se acerque y patee al niño para obligarlo a levantarse. Las otras nunca se acercan, sino que lo observan con ojos aprensivos y asqueados. Le llenan apresuradamente el cuenco de comida y la jarra de agua, cierran la puerta, los ojos desaparecen. La gente de la puerta nunca dice nada, pero el niño, que no siempre ha vivido en ese cuartucho, y puede recordar la luz del sol y la voz de la madre, a veces habla. “Me portaré bien”, dice. “por favor, quiero salir. ¡Me portaré bien!” Nunca le responden. Antes el niño pedía ayuda a gritos durante la noche, y lloraba mucho, pero ahora sólo emite una especie de quejido, “ueh-haa, eh-haa”, y cada vez habla menos. Es tan raquítico que no tiene pantorrillas; le sobresale el vientre; se alimenta de medio cuenco de cereal y grasa por día. Está desnudo. Las nalgas y los muslos son una masa de úlceras infectas, pues está continuamente sentado sobre sus propios excrementos.
Todos saben que está ahí, todos los habitantes de Omelas. Algunos han venido a verlo, otros se contentan meramente con saber que está ahí. Todos saben que debe estar ahí. Algunos entienden por qué, y algunos no lo entienden, pero todos entienden que su felicidad, la belleza de su ciudad, la ternura de sus amistades, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus eruditos, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas y el aire templado de sus cielos, dependen absolutamente de la abominable desdicha de este niño.
Normalmente explican esto a los hijos cuando ellos tienen entre ocho y doce años, cuando parecen capaces de comprenderlo; y la mayoría de los que vienen a ver al niño son personas jóvenes, aunque muchas veces hay adultos que vienen, o vuelven, a ver al niño. Por precisas que sean las explicaciones que han recibido, estos jóvenes espectadores siempre se escandalizan y asquean ante el espectáculo. Sienten náuseas, aunque se creían por encima de esa sensación. Sienten furor, ultraje, impotencia, pese a todas las explicaciones. Les gustaría hacer algo por el niño. Pero no pueden hacer nada. Sería bueno poder llevar al niño a la luz del sol, sacarlo de ese lugar aberrante: limpiarlo y alimentarlo y confortarlo; pero si se hiciera, la prosperidad y la belleza y el deleite de Omelas se marchitarían y secarían ese mismo día, esa misma hora. Esas son las condiciones. Cambiar toda la bondad y gracilidad de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña buena acción, perder la felicidad de miles por la posible felicidad de uno: por cierto eso sería abrir las puertas a la culpa.
Las condiciones son estrictas y absolutas; al niño no se le puede dirigir ni siquiera una palabra de cariño.
A menudo los jóvenes vuelven a casa llorando, o tan furiosos que no pueden llorar, cuando han visto al niño y han enfrentado esta paradoja atroz. Quizá cavilen semanas o años. Pero con el tiempo empiezan a comprender que aunque soltaran al niño la libertad no le brindaría muchas cosas: el placer vago y pequeño de la tibieza y la comida, sin duda, pero no mucho más. Está demasiado degradado e imbecilizado para gozar realmente de la alegría. Ha temido demasiado tiempo para estar libre del miedo. En verdad, después de tanto tiempo es probable que fuera infeliz sin paredes que lo protejan, sin oscuridad para los ojos, sin excrementos donde sentarse. Las lágrimas vertidas por esa atroz injusticia se secan cuando empiezan a entender la terrible justicia de la realidad, y a aceptarla. Sin embargo esas lágrimas y esa furia, la generosidad puesta a prueba y la aceptación de la impotencia, son tal vez la verdadera fuente del esplendor de sus vidas. No gozan de una felicidad vaporosa, irresponsable: Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño, y el hecho de que ellos conozcan su existencia, posibilita la nobleza de su arquitectura, la hondura de su música, la profundidad de su ciencia. Es por causa del niño que tratan tan bien a los niños. Saben que si ese desdichado no estuviera acurrucado en la oscuridad, el otro, el flautista, no podría ejecutar una música alegre mientras los jóvenes y bellos jinetes se alinean para la carrera al sol de la primera mañana de verano.
¿Ahora creéis en ellos? ¿No son más convincentes? Pero hay algo más para contar, y esto es absolutamente increíble.
En ocasiones, uno de los adolescentes que vino a ver al niño no vuelve al hogar dominado por la furia o el llanto, no vuelve simplemente al hogar. De vez en cuando un hombre o una mujer de más edad guardan silencio un par de días, y luego se van. Esta gente sale a la calle, y echa a andar hasta salir de la ciudad de Omelas por las hermosas puertas. Siguen caminando a través de las tierras de labranza de Omelas. Cada cual va solo, muchacho o muchacha, hombre o mujer. Cae la noche; el viajero debe atravesar callejas de aldeas, entre casas con ventanas iluminadas de amarillo. Y luego salir a la oscuridad de los campos. Siempre solos, van al oeste o al norte, hacia las montañas. Siguen adelante. Abandonan Omelas, siguen caminando en la oscuridad, y no regresan. El lugar al cual se dirigen es un lugar aún menos imaginable para la mayoría de nosotros que la ciudad de la dicha. Ni siquiera puedo describirlos. Es posible que no exista. Pero ellos parecen saber adónde van, los que abandonan Omelas.

6 mar 2012

LA FLOR MAS GRANDE DEL MUNDO de José Saramago



Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.
Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!
En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.
El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos frenos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.
¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.
Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.
Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.
Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.
Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.
A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro.Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por tí que me lees, pero mucho más bonita?…

Artículo de Imaginaria
El cuento con ilustraciones de Joao Caetano
y la versión de Emiliano Ponzi



15 feb 2012

SWITCH ON THE NIGHT de Ray Bradbury (x 3)




Ilustraciones de Noemí Villamuza. Editorial Kókinos











 Ilustraciones de  Madeleine Gekiere
Pantheon Books, 1955
  Aquí el cuento de Ray Bradbury, originalmente llamado "Switch on the night", traducido al español como "Encender la noche" (en la edición ilustrada por Noemí Villamuza) o "La niña que iluminó la noche" (en la versión de Juan Marchese).

Había una vez un muchachito que no le gustaba la noche.
Le gustaban las linternas y los faroles, las lámparas y los farolitos, las velas y los velones, los fuegos artificiales y los fuegos de leña. Pero no le gustaba la noche.No le gustaban las llaves de apagaban las lámparas amarillas, las lámparas verdes, las lámparas blancas, las luces de la entrada, las luces de las habitaciones y nunca jamás apagaba una luz.
No le gustaba salir a jugar en la oscuridad y se sentía triste de no poder jugar con los otros niños que corrían por el campo en las noches de verano. Por la noche se escondía en su habitación, con sus linternas y sus lámparas, con sus velas y faroles. Totalmente solo. El no quería más que el sol. A él no le gustaba la noche.Cuando a la noche su padre y su madre recorrían la casa apagando todas las lámparas una a una…
Las lámpara de la entrada. Las lámparas de la escalinata. Las lámparas de los pasillos. Las lámparas de las habitaciones. Las lámparas de la cocina. Las lámparas del baño. El muchachito se escondía en su cama y muy entrada la noche, sólo en su habitación había luz… Una noche en que su padre estaba de viaje y su madre dormía, el muchachito recorrió la casa y prendió todas las lámparasLas lámpara de la entrada. Las lámparas de la escalinata. Las lámparas de los pasillos. Las lámparas de las habitaciones. Las lámparas de la cocina. Las lámparas del baño
¡Parecía que la casa se quemaba de tanta luz!…  Pero el muchachito todavía estaba solo.
Y allá lejos, en el campo otros niños corrían, jugaban y reían sobre la pradera en la noche de verano. ¡De pronto, oyó golpear en la ventana!. Había una sombra detrás. Oyó llamar a la puerta. Había una sombra detrás.- Buen día…-oyó que una niña le decía en medio de las luces brillantes, de las luces rojas, de las luces rosadas, de las luces multicolores.- Me llamo Negra –dijo la niña toda vestida de negro pero con la cara muy blanca- pero tu estás muy solo- Yo quería correr afuera con los otros niños –dijo el muchachito – pero no me gusta la noche.



- Yo te presentaré a la noche y serán amigos –dijo la niña y pagó la luz agregando.- Ves, cuando apago la lámpara, se enciende la noche- Nunca lo había pensado –dijo el muchachito.- Y cuando uno enciende la noche, nazco yo, Negra y uno alumbra las chicharras..- Y los grillos- Y las estrellas- Y las ranas- El cielo es como una casa con sus luces blancas, con sus luces rojas, amarillas, verdes, azules y fuegos artificiales .Y con las luces apagadas y la noche encendida podemos oír los grillos, las chicharras y las ranas.


Y con todas las luces apagadas hicieron vivir la noche en toda la casa, como una rana, como una chicharra, como un grillo, como una estrella, como una luna.- Cómo me gusta esto –dijo el muchachito- sintiéndose muy feliz . Tiró sus faroles, sus linternas, sus velas y sus antorchas. Pudo disfrutar de las luna, las estrellas, las ranas y los grillos y corrió por el campo, con los otros niños, en la oscuridad o bajo la luz de la luna y las estrellas.


Ilustraciones de Juan Marchesi. Ediciones de la Flor